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Julie Ribeyron

  • 19 sept 2019
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 13 nov 2019

“Llegué sola a Chile, tuve un hijo y hoy soy presidenta de una ONG para madres migrantes”



Chile nunca fue el destino. El destino era hacer voluntariado en la región del Chaco en Argentina con monjas belgas, pero nunca llegué. Mis planes cambiaron: conocí al papá de mi hijo y me quedé. Eso fue hace 5 años, en febrero de 2015.


En Francia mi vida era muy diferente. Estaba pololeando y haciendo lo que quería cuando quería. Salía mucho y tenía muchos amigos, tenía una vida social bastante llena. No he podido recuperar eso aquí, estoy recién en eso.


Allá estudié monitor educador, aquí es algo así como terapeuta ocupacional, educadora diferencial y trabajo social, pero a nivel técnico. Acompaño a todas las personas en situación de vulnerabilidad. Allá trabajé dos años con niños del sename, por decir así, y con personas con discapacidad mental. Terminé la carrera, la relación que tenía y decidí viajar.


Empecé a fines de septiembre de 2014. Pasé por Brasil, Argentina y luego Chile. Llegué sola y me quedé porque conocí al papá de mi hijo, que es chileno, en San pedro de Atacama. Nos quedamos juntos trabajando allá por cuatro meses, después nos quedamos en Santiago por seis, y luego llegamos a Valparaíso, donde yo me embaracé y donde vivo actualmente con mi hijo, Noah.


Ser mamá francesa en Chile es muy diferente porque allá la crianza se enfoca mucho en la independización de la mujer, tenemos dos meses de post parto y es posible integrarse rápido. Acá no se da mucho el poder volver al mundo laboral, al mundo social, de modo rápido o fácil. Para mí, criar en casa fue mi elección sin ser una elección. Con el papá de mi hijo no teníamos otra opción, económicamente así tuvo que ser no más, y duró mucho más de lo que yo hubiese querido.


Tiempo después de tener a mi hijo asistí a una actividad llamada Picnic migrante, y más adelante me invitaron a la Mesa Intercultural de la Mujer, de la Municipalidad de Valparaíso. Ahí conocí a mamás que a pesar de ser de diferentes países, nuestras experiencias de embarazo y maternidad aquí no lo eran tanto. Queríamos trabajar pero pensamos, ¿cómo lo hacemos con nuestros hijos? Así se nos ocurrió una guardería comunitaria intercultural y así nació Mamitas migrantes. No hemos podido concretarlo aún si. Pero apoyamos a mamás que están solas y a migrantes que necesitan ayuda.


Cuando mi hijo tuvo dos años comencé a trabajar en el Centro de Salud Mental Comunitaria Domingo Asún Salazar a mediados de agosto de 2018. En unas de las primeras semanas de trabajo asistí a una capacitación de depresión perinatal y me reconocí en casi todos los factores de riesgo que una mamá migrante tiene: estar aislada de su mamá, en otro país con gente que no la entiende, sin apoyo, físico o emocional. Ahí comprendí que estamos más expuestas.


Todas las mamás viven lo mismo pero la diferencia es la red de apoyo. Al ser mamá migrante yo estuve muy perdida y muy sola. El cuerpo de la mujer pasa por un proceso muy complicado, y no tenía el apoyo del papá en ese sentido. Mientras estaba embarazada él trabajaba en restoranes día y noche, pasaba sola y no tenía amigos. En mi caso fue muy difícil por la falta de apoyo. Ser mamá primeriza sin mi mamá, en otro país... a ella la eché mucho de menos.


No sabía si podría hacerlo. Mi momento más vulnerable fue después de tener a mi hijo, con el cansancio. Antes de que Noah tuviera un año estaba muy demandante y me despertaba por la teta 6 veces en las noches. Yo estaba dando clases de francés en aquel tiempo. Viajaba a Santiago y me levantaba muy temprano. Me iba a las 9 de la mañana, durante el día debía sacarme leche en el baño para aguantar hasta cuando volvía a la casa, a eso de las 5 de la tarde, el papá se iba a trabajar y yo seguía.


En cuanto a la crianza, fue difícil saber en cuál me reconocía más. Temía ser juzgada porque yo quería volver a trabajar, a salir y yo no sabía si era aceptado acá o no. Además lo que yo conocía de ser madre no me reflejaba a mi: yo tuve un apego bastante fuerte con mi hijo porque lo amamante hasta el año y medio, en mi país no es tan común y acá es como lo contrario, si no amamantas a tu hijo hasta los tres años lo ven como algo extraño.


Además la reinserción laboral y social allá luego de ser madre es extrema. No está adecuada al desarrollo del niño, que debería ser mucho más en casa con su mamá. En Chile es lo contrario, no se da la facilidad después de 6 meses o 1 año de volver a trabajar, que sería lo suficiente.


He sido sola, mamá, durante harto tiempo. No fue fácil por mi situación de pareja, que fue bastante complicado y no me ayudó a surgir. Entonces, fui mamá y fui considerada como tal durante harto tiempo, al separarme, encontrar trabajo, que era bastante nuevo.


Al poder trabajar empecé el proceso de, alguna manera, salir de la maternidad y a la vez asumiéndola, asumiéndome como mamá y como mujer, pudiendo hacer las dos cosas hoy en día.


Ahora trabajo 40 horas en el centro y estoy con la ONG, y de repente me salen clases todavía. Me veo dejando mi trabajo actual, hacer clases para vivir, y dedicarme a mamitas más tiempo porque es necesario. Espero poder cumplir con eso el año que viene.


Mi hijo ahora tiene 3 años, casi no necesita que lo acompañe al baño, se está aprendiendo a bañar solo, y me ayuda a poner la mesa… Llegan momentos en que piensas que nunca vas a salir de la maternidad. Me siento bastante orgullosa. No sé si hubiese podido decir lo mismo antes.

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