Rosa Vidal
- 19 sept 2019
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 26 oct 2019
“Migré para que mi hijo tuviera una mejor vida y me reencontré en el camino”
Siempre me llamó la atención vivir en otro país pero no de esta manera. Vivía en un apartamento amplio, estaba con mi familia... Ahora comparto una casa y solo estoy con mi esposo y mi hijo. Y hace tres años que no trabajo en lo que hacía en Venezuela.
Yo era contador público en un concesionario, General Motors. Era jefe del departamento de administrador: veía lo que se debe, lo que hay que pagar, de cuánto se dispone, flujo de caja y conciliaciones bancarias.
Cuando empezamos a tener menos acceso a cosas para el niño, mi esposo y yo tomamos la decisión de venir a Chile, pero yo salí embarazada y esperamos. No estábamos seguros de que el dinero fuese suficiente para los tres y decidimos que uno de los dos tenía que irse.
José Ignacio tenía 7 meses cuando Wilmer se fue. Viajó por tierra y estuvo nueve días rodando. Juntamos dinero y logramos el pasaje en avión. Viajamos nueve horas, el 26 de marzo de 2017. Mi hijo tenía 1 año con casi dos meses. Estaba feliz porque sentí que venía a comenzar una vida muy positiva. Había leído de Chile pero no decía nada de lo malo. Crees que vienes a un país que está súper bien económicamente, súper estable. Pero todo fue completamente distinto.
El choque más fuerte que he vivido aquí en Chile es por ser mamá. Yo allá tenía la posibilidad de llevarme a José Ignacio al trabajo y aquí ni te dan trabajo cuando tienes un hijo, es un agravante. Además no hay guarderías sino jardines infantiles, y son caros o no hay cupos.
Me llamaron a muchas entrevistas, pero no conseguía el trabajo. No me percataba que era por el niño, a pesar de que él iba al jardín. Me di cuenta que después de la pregunta de con quién había llegado y cuánto tenía mi hijo venía el: “ya gracias, cualquier cosa te llamamos”. Así que empecé a buscar trabajo en cualquier cosa.
Mi primer trabajo aquí fue entre mayo y junio de 2017. Un reemplazo en una empresa como personal de aseo por un mes y me trataron muy bien, pero dejaron de llamarme porque estaba sobre calificada para estar limpiando. Luego de eso, trabajé durante agosto y septiembre, en ventas de trajes típicos para niños en una tienda.
Posteriormente, en diciembre trabajé como asistente administrativo en una empresa de ventas vía telefónica hasta abril de 2018. Tuve que llevar a José Ignacio un par de veces porque salió temprano del jardín. Él se sentaba con la tablet a ver sus comiquitas y él no se movía de ahí, pero tenían que despedir a alguien y esa fue la razón del señor.
A la semana después empecé a trabajar como ayudante de cocina part time en un sushi hasta noviembre. De ahí volví a limpiar unos departamentos de una inmobiliaria que los arrienda por día. Todavía tengo uno. Pero siento que a estas alturas ya cumplí mi cuota de inmigrante, de nueva.
Al ser nueva uno está muy solo. Entrar a Mamitas migrantes me ayudó mucho en eso. Además José Ignacio comparte con los niños de las mamitas cuando nos reunimos. Le celebramos su cumpleaños y vinieron ellos, estaba súper feliz.
Él es muy maduro pero también fuerte de carácter. Nunca le hemos impuesto nada pero cuando le preguntan si es chileno él responde: “No. Yo soy venezolano”. Sin embargo, al ver la bandera de Chile se emociona y dice: “chi chi chi, le le le, ¡viva Chile! Pero también cuando le dicen: “hola, ¿cómo estay?”, él responde: “no, se dice ¿cómo estás?”.
Fue con Mamitas migrantes que empecé a salir. Supe por unas mamás que conocí en el jardín de mi hijo, en una reunión de JUNJI para apoderados venezolanos. Fue a mediados de agosto del año pasado. Me comentaron que eran mamas migrantes y querían hacer una guardería comunitaria. Me integraron y en el momento que se dio la formalización me hice parte como tesorera.
Es bastante satisfactorio saber que dentro de lo poco que tú tienes puedes ayudar a otros. Pero a veces no tengo suficiente tiempo y he pensado en dejarlo porque si no le puedo dar lo que necesita voy a estorbar, pero a la final digo que no, que voy a continuar. Trato de hacer lo más que puedo.
Cuando sentía que no lograba nada, me hundí en la ansiedad y la adicción a la azúcar. Desde que llegué subí 30 kilos de sobrepeso. Me deprimí muchísimo cuando me di cuenta de que no era lo que yo esperaba. Era terrible. Tener que irte de tu país así como lo hacen los haitianos o como nosotros, obligados, es como morir y volver a nacer en otro lado. Es todo de cero.
Hemos pensado en volver, pero este sacrificio es por nuestro hijo. Nos tocó postularlo a pre kinder y averigüe sobre la calidad educativa. Me agrada el Juana Ross, hay que pagar una mensualidad y yo le dije a mi esposo: “así yo tenga que seguir limpiando, pero que estudie en un colegio que valga la pena”.
Sí siento que me pierdo como mujer siendo madre, constantemente. Pero mi esposo no puede perder su trabajo. Es injusto pero él no tiene la culpa.
Hace tres meses volví al mismo sushi. Voy tres días a la semana y me dan permiso de llevar al pequeño. No iba a aceptar el trabajo porque no tenía la extensión horaria y no tenía con quien dejarlo. Hablamos de los horarios y dejaron que se quedara. Ambos pagamos un precio. Pero estamos en paz.
También he estado buscando cosas para hacer por mi cuenta, busco independizarme. Ahora estoy en rebeldía. Quiero trabajar para mí. Siento que puedo hacer más que freír un sushi o armar una pizza. Todavía no estoy segura en qué me voy a desempeñar pero ando viendo varias opciones.









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