Maureen Noble
- 19 sept 2019
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 26 oct 2019
“Usé mi privilegio para ayudar a otras mamás migrantes”
Vine a Chile en busca de una aventura. La primera vez que llegué fue en 2007, después de salir de la universidad, por un tiempo corto. Quería practicar mi español y trabajando conocí a Alejandro en Antofagasta, él es de ahí. Trabajé en dos institutos donde aprendí mucho y conocí a alguien. Vine para tener una aventura pero conocí a mi esposo.
Me quedé por 14 meses, decidimos tratar de estar juntos y regresamos a California, de donde yo soy y nos casamos para que él pudiera quedarse. Estuvimos allá por seis años, habíamos hecho un trato: probar ambos lugares, pero volver a Chile. Al regresar al país decidimos venir a Valparaíso porque nos pareció un lugar en Chile donde yo creía que tenía más probabilidad de ser feliz por la actividad cultural, la estética y las personas de la ciudad. Y de encontrar trabajo por la presencia de las universidades. Yo soy profesora.
Cuando llegamos a Valparaíso no conocíamos a nadie. Lo difícil fue más emocional que económico. Éramos jóvenes y tontos. Había quedado en un trabajo allá y no lo tomé porque pensamos “ahora o nunca”. Alejandro venía a estudiar, esa era otra parte del trato. Yo a trabajar. Yo sabía que aquí tener conexiones ayuda mucho, es normal, pero fue algo más extremo a lo que estaba acostumbrada.
Encontré trabajo en febrero de 2015, para enseñar pedagogía en inglés en dos universidades. Trabajé dos años y medio, aún estábamos en un primer semestre debido a un paro, cuando debí retirarme por el prenatal.
Cuando supe que estaba embarazada estábamos felices, queríamos tener un bebé, pero mi proceso fue difícil. No fue un embarazo con riesgo vital mío ni del feto pero sufrí de náuseas con una intensidad que no era normal. Es una condición llamada hiperémesis gravídica, lo tuve desde la quinta semana de embarazo. Además estaba sola, mi esposo me apoyaba pero no tenía con quien contar, él no podía quedarse cuidándome o llevarme al trabajo.
Lloraba todos los días. Iba en la micro llorando a trabajar, recordando no sé cómo me arreglaba para hacer mis clases. Luego mi doctora me dio licencia y cuando la presenté quedaron como: “¿qué vamos a hacer?”. Si tú como profesor te enfermas o lo que sea, tus alumnos sufren las consecuencias, así que yo me esforcé no más. Me recetaron pastillas para no vomitar tanto y deshidratarme, sin esas pastillas no podía funcionar. Era tan intenso que no podía caminar, y hasta había veces en que ni siquiera me podía bañar sola. Mi esposo fue mi enfermero, él me cuidó muchísimo. Pero igual estaba sola. Teníamos amigos aunque no de tanta confianza para que me cuidaran.
Mi parto fue otro proceso difícil también, mi hija nació a mediados de noviembre y la doctora me había dicho que estaba cabeza abajo y no era cierto. Cuando fui para revisar todo cerca de la fecha de parto me dijeron que iba a tener que ser cesárea. Me enojé mucho con la doctora porque no se dió el tiempo. Yo quería parir en agua y aquí en la región solo se puede en la Clínica Los Carreras, en Quilpué. Hice todo el papeleo sola porque no podía ir mi esposo, y rogué en Facebook por sangre negativa porque la necesitaba para hacerlo sientiéndome la persona menos apta. Hasta obtuve el bono PAD que fue fantástico porque en comparación con mi país es barato. Pero hice todo ese trabajo que no sirvió. Estaba enojada y sigo enojada, porque fue una cosa tras otra. Acepté que sería cesárea, pero fue durante una ola de calor, no había aire acondicionado, estaba sumamente incómoda. Y cuando tuve que ir verla me dió tanta ansiedad, fui solo al control postparto y no la volví a ver.
Cuando tuve a Beatriz fue mejor. Aunque fue una locura al principio porque tenía sus días y noches al revés entonces recién al año y dos meses ella estabilizó su sueño. Pero me encanta ser mamá, adoro a mi hija, gracias a ella hemos podido conocer a más personas. Es mi compañera en todo. Después de los seis meses fue más fácil salir con ella y empecé a hacer un esfuerzo para salir y conocer más a otras personas.
Yo me nutro de la energía de los demás, me encanta estar con personas. Pensé que lo encontraría en el trabajo pero tampoco. Aquí siento que la personas van a trabajar, presentan su lado profesional y se guardan para otros momentos con sus amigos y familia por lo que he visto. Chile tiene una cultura muy centrada en la familia que encuentro muy bonita pero si tu no tienes familia aquí, quedas fuera de todo eso.
Todo aquello cambió cuando escuché la noticia de la mamá colombiana que tuvo que parir en la calle y de Joanne Florvil, que la acusaron de abandonar a su hija y que murió de manera muy misteriosa, pensé que tenía que hacer algo para ayudar a las demás mamás migrantes. Reconozco mi privilegio, sé que hay discriminación por su color de piel y yo gozo del mío, y de mi idioma que ahora domina el mundo. Me vi en la obligación de hacer algo.
Alguien me contactó con Brian Feldman de la Oficina Comunal de Migrantes de la Municipalidad de Valparaíso y me invitaron a la Mesa Intercultural de la Mujer, ahí conocí a Julie. Eso fue lo que cambió todo para mí. Ser parte de algo.
Me encontré con otras personas que también son extranjeras, interesadas en el otro. Ahora tengo actividad que me llena junto a esta comunidad de gente migrante y pro-migrante. Como organización por un lado, y si alguien está de cumpleaños se lo celebramos también. Hacemos trabajo y también nos reunimos, pero no he encontrado algo así como una familia. Apoyarse en alguien o pedirle a alguien que cuide a tu hijo es diferente. Podría confiar pero es mucho pedir.








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