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Bruno León Bermúdez

  • 5 abr 2020
  • 4 Min. de lectura

“Al ser quien soy, siento que puedo continuar mi vida”





Me siento fuerte. Como si pudiese conseguirlo todo. Siento una seguridad que antes no habitaba en mí. Siento que merezco ser escuchado. Es otra fuerza. Pero luego una señora me mira en el metro y me recuerdo: verdad que soy trans.

Solicité una hora en el Registro Civil de San Miguel el 27 de diciembre de 2019 para la rectificación de nombre y sexo, ése mismo día entró en vigencia la ley. Regresé el 10 de enero y a las 11:33 de la mañana se efectuaron los cambios. Me hicieron un certificado nuevo pero igual dice que fui mujer. Al terminar el procedimiento, me avisaron que mi cédula estaría disponible en 45 días hábiles y que debían informar a instituciones como el Mineduc, Carabineros, Contraloría, y que desde ahora me protege la Ley N° 21.120 de Identidad de Género junto a la Ley Zamudio.

Por lo del estallido tenía miedo de que me llevaran detenido y que la policía al ver que mi carnet y mi apariencia no coincidían, querrían abusar de mí. Aunque aprecio la protección, pienso que es extremo que haya tenido que suceder lo de Daniel Zamudio. Hace dos semanas me pusieron burundanga en la micro y pude llegar a mi casa, pero estaba muy mal. Trato de no estar solo. Me siento más inseguro ahora, en transición, que antes como mujer.

Mis papás se separaron cuando yo tenía 2 años. Mi mamá no tenía dinero para un jardín y una vecina que cuidaba a su nieta (Pamela) de la misma edad que yo, se ofreció a cuidarme. Ahí empecé a manifestarme como hombre: me bañaba en la piscina sin nada arriba, nos decían princesa pero yo pedía que me llamaran rey.

Otro recuerdo temprano es uno de cuando iba en primero básico. Tenía 6 años y le conté a Pamela que me gustaba Danae, de cuarto básico. Le dije que me operaría para ser hombre y que me casaría con ella. Pamela lo contó después en la mesa y lloré. La retaron porque los secretos no se contaban y agregaron que yo podía hacer lo que quisiera, que después lo vería. Me sentí protegido.

Pero un día una profesora dijo que no debíamos juntarnos con una compañera, que por silbar, era hombre. Aquello suscitó mi miedo a expresarme. Solo lo hacía con mis vecinos y con mi hermana. Después en primero medio asumí como lesbiana porque no veía la posibilidad de ser hombre. Me resistía porque no me identificaba. Al hombre lo relaciono con violencia, ser bruto, básico, idiota, y yo no me reconozco con eso.

Cuando tenía 22 fui a un psicólogo para un test vocacional y en una actividad dibujé un hombre. Él me preguntó si ocurría algo pero no dijo explícitamente la palabra transgénero, una polola me lo mencionó pero sentía mucho miedo, por los demás. No me genera conflicto ser yo, pero la gente me recuerda que soy diferente y sacan lo peor de mí: miro feo, tengo otro carácter, estoy a la defensiva.

Debo reconocer que solía tener transfobia, pensaba ¿cómo puedes sentirte en el cuerpo equivocado? Eso es transfobia, no permitirte entenderlo. Y finalmente yo era trans. He tenido crisis al respecto porque quiero ser hombre pero no trans. De todas maneras, agradezco a lo que sea, por poder tener ambas experiencias, de ser mujer y hombre. No se lo deseo a nadie, pero si lo tomo con humor, admito que he perdido algunos privilegios. Ahora la micro no me para, no entro tan fácilmente a la disco, entre algunas cosas.

Al ser trans, al verme así, sufro de varias discriminaciones. Me miran raro, observan mi cuerpo, y me veo complicado en el mundo laboral. Cuido mucho el trabajo que tengo ahora. Hubo un tiempo en que trabajé para una empresa de correos y la jefa me decía que yo era una mujer con pelo corto, qué dirían los clientes si ella me llamaba Bruno pero se enteraban de que era mujer, y que mi sexualidad no le importaba. Como haciendo alusión a mi vida sexual, metiéndose en mi cama.

Recién este año voy a estudiar, quiero hacer cosas y antes solo quería morir luego. Cumpliré 27 este año. Antes me sentía en una infancia infinita, sin poder encontrar mi ser. Ahora siento estar viviendo una adolescencia. Ahora sé para dónde va la micro. No podía avanzar en la vida sin ser yo mismo. Sentía que vivía una mentira siendo Marion, construyendo una mujer que no me nacía ser.




Yo no era femenino pero tampoco tenía rasgos masculinos. Como mujer tampoco tenía mucha ropa. Elegía prendas neutras para poder sentirme cómodo. Pero sentía que era un travesti. Creo que no cambié en ese tiempo porque trataba de convencerme de algo.

Pienso en aquellas personas que llevan hormonandose por años pero su carnet no refleja quienes son. La gente se burla, no lo entienden. Nos aceptan pero no nos quieren cerca entonces, ¿hasta dónde llegan sus discursos? Yo me siento un hombre, pero cambio mi apariencia por las personas también. A veces me pregunto, ¿realmente quiero cambiar cómo me veo? Me gustaría tener un aspecto masculino, y poseo mucho amor propio, pero tengo sentimientos encontrados. No sé si siendo Bruno me ame. Quizás me ame más.

Recuerdo una obra chilena que vi hace un tiempo llamada “Los arrepentidos”. Dos hombres que transitaron a ser mujeres se arrepienten luego de darse cuenta que no corresponden a los estereotipos. La encontré muy asertiva. ¿Qué es ser hombre y qué es ser mujer? Aún me lo pregunto. Creo que es un proceso necesario.

Ahora soy parte de una gran minoría, siento que llevo la bandera. A pesar de decir que quiero ser hombre, no trans, igual me siento orgulloso de sacar cara. En todos lados. Que la gente lo sepa, que somos iguales, que no se vengan a meter a mi cama.




 
 
 

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